Un diálogo sostenido durante un viaje a Puerto Rico terminó dejando al descubierto una de las fallas más sensibles de la vida pública dominicana: la costumbre de normalizar el acoso al ciudadano y al visitante como parte de la rutina diaria. La frase que escuchó la autora al momento de despedirse —“Tranquila, que aquí no te va a pasar como allá”— no hacía referencia a un episodio puntual, sino a una percepción ya extendida sobre lo que ocurre en República Dominicana desde la llegada al aeropuerto hasta el trato con servicios, excursiones o agentes en la calle, donde la propina forzada, el peaje informal o el “mátuo” figuran como prácticas asumidas.
Lo más delicado del texto no es el sesgo externo, sino la dificultad de desmentirlo. La autora reconoce que esas historias no eran inventadas y advierte sobre una “marca país invisible y peligrosa”: la de un destino atractivo, pero asociado a una cultura del “dame lo mío”. Ese contraste obliga a mirar la fiscalización institucional, porque la misma ciudadanía que fuera del país respeta reglas básicas de tránsito y convivencia aparece dentro de República Dominicana actuando bajo la lógica de la impunidad cotidiana.
La interrogante que deja la pieza también funciona como alerta sobre la gestión pública: por qué el dominicano cumple normas en el exterior y en su propio país persisten la violación de reglas, el soborno menor y la tolerancia social al abuso. Más que una anécdota de viaje, el episodio deja al descubierto una brecha entre la imagen que se quiere proyectar y la realidad que continúa golpeando la credibilidad del país, con efectos directos sobre la confianza ciudadana y la reputación nacional.
