La declaración de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre una «emergencia de salud pública de importancia internacional» por el brote del virus del Bundibugyo, una cepa del ébola detectada en la República Democrática del Congo (RDC) y Uganda, volvió a colocar bajo la lupa la capacidad real de respuesta ante una nueva crisis sanitaria. Aunque esta variante no cuenta por ahora con vacunas ni tratamientos autorizados y su transmisión por contacto con fluidos corporales la hace menos contagiosa que virus respiratorios como el covid-19, su alta letalidad y la incertidumbre sobre el alcance del brote mantienen la alerta internacional.
El episodio también pone de nuevo en evidencia las grietas que dejó al descubierto la pandemia del covid-19. Según informa Foreign Policy, la preparación global se concentró en tecnología, vacunas y detección de nuevos virus, mientras siguen sin resolverse problemas estructurales como sistemas sanitarios débiles, pobreza, conflictos armados y desconfianza hacia las autoridades. A esto se suma que muchos gobiernos continúan gestionando los brotes como asuntos políticos o económicos, ocultando información o reaccionando tarde cuando fallan los sistemas de vigilancia.
La experiencia reciente con el hantavirus y el cuestionamiento a programas internacionales creados para anticipar pandemias refuerzan ese contraste entre inversión y resultados. Pese a recibir grandes recursos, esos mecanismos no lograron prever epidemias como H1N1, zika o covid-19, lo que vuelve a situar en el centro la exigencia de transparencia, vigilancia efectiva y rendición de cuentas frente a amenazas que golpean con más fuerza a los países más vulnerables.
