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Ecuador y el costo de disentir en un clima de seguridad y presión

julio 5, 2026 · Redactor
Ecuador y el costo de disentir en un clima de seguridad y presión
Foto: hoy.com.do

Más de 200 agresiones contra periodistas en 2025; junto a presiones estatales y miedo a disentir, retratan el costo institucional de un poder que desplaza la crítica mientras crecen los problemas sociales.

En Ecuador, el costo de cuestionar al poder ya no se percibe como una excepción, sino como parte de un clima que viene cerrando el espacio para la oposición política y social. Fundamedios señala que en 2025 se contabilizaron más de 200 agresiones contra periodistas, muchas de ellas atribuidas a actores estatales, en un escenario atravesado además por despidos en el sector público, aumento de precios y una violencia en ascenso.

La presión no se limita a la agresión física. El análisis describe un entorno marcado por procesos judiciales, intimidación digital, trabas para acceder a la información y mensajes oficiales que buscan deslegitimar la crítica. En ese marco, varios comunicadores han terminado en el exilio o han moderado sus investigaciones, como la periodista Alondra Santiago, que hoy vive exiliada en México. El efecto político es directo: se debilita la fiscalización y la disidencia deja de cumplir su función democrática para convertirse en un riesgo personal.

Ese deterioro institucional también se traduce en un costo social concreto. Medidas que en otro momento habrían generado una reacción más fuerte, como el alza de impuestos, reformas económicas impopulares o cambios en políticas públicas sensibles, avanzan ahora con una respuesta mucho más débil. Según el análisis, el problema no es solo mediático: cuando el miedo recorta la crítica, también se achica la capacidad ciudadana de exigir cuentas.

En el gobierno de Daniel Noboa, el discurso de orden y seguridad ha ocupado el centro de la conversación pública en un país golpeado por una crisis de violencia sin precedentes recientes. Sin embargo, ese énfasis, incluso en medio de una emergencia real, también marca el contraste entre relato y realidad: mientras la seguridad absorbe el debate, otras discusiones urgentes quedan relegadas, entre ellas el derecho a cuestionar. La advertencia institucional es nítida: cuando el poder concentra la agenda y encarece la crítica, el silencio deja de ser simple pasividad y pasa a reflejar un deterioro democrático.