La guerra entró en una nueva fase de tensión después de que el Ministerio de Exteriores de Rusia advirtiera a ciudadanos extranjeros, personal diplomático y representantes de organizaciones internacionales que abandonen Kiev cuanto antes. El aviso precede a otra oleada de bombardeos contra el complejo militar-industrial de la capital, entre ellos centros de mando, puestos de toma de decisiones y fábricas de vehículos aéreos no tripulados.
De acuerdo con Moscú, esos objetivos cuentan con asistencia directa de especialistas de la OTAN y están repartidos por distintos puntos de la ciudad. Por eso también pidió a la población civil que se aleje de la infraestructura administrativa y militar del gobierno de Volodimir Zelenski para evitar daños colaterales. La advertencia deja en evidencia el nivel de riesgo sobre una capital donde instalaciones estratégicas y vida urbana vuelven a quedar expuestas al impacto directo de la escalada.
Rusia relacionó esta ofensiva con el ataque de la noche del 22 de mayo en la región ocupada de Lugansk, que, según su versión oficial, destruyó una residencia de estudiantes y provocó la muerte de más de una veintena de jóvenes. Con esa respuesta militar, Moscú sostiene que busca neutralizar la capacidad de ataque de las fuerzas locales, al tiempo que vuelve a situar en primer plano el deterioro de la situación y el costo humano de decisiones que siguen ampliando el conflicto.
