SANTO DOMINGO. — La investigación que el periodista y director editorial de Diario del País, José Rafael Mata, presentó en la Universidad Miguel Hernández (UMH) de Elche vuelve a poner sobre la mesa una alerta institucional respecto al rumbo del ecosistema mediático dominicano: redes sociales, algoritmos y nuevos actores de influencia están reorganizando la producción y circulación de información en un terreno donde el poder busca cada vez más controlar narrativas.
El trabajo, titulado «El boom digital dominicano: cómo las redes, el poder y los algoritmos transformaron el periodismo», se desarrolló en el marco del Máster en Periodismo y Democracia y traza una transformación profunda del mercado de medios en República Dominicana. Su radiografía señala el desplazamiento de los modelos tradicionales de comunicación en medio de una competencia marcada por la velocidad, la viralidad y la atención, un escenario que agrava el contraste entre visibilidad digital y responsabilidad pública.
A partir de entrevistas con periodistas, directores de medios, académicos y especialistas, además del análisis de datos sobre consumo informativo y libertad de prensa, la investigación concluye que el país atraviesa una de las mayores mutaciones de su historia mediática. Entre sus hallazgos, identifica la migración creciente de empresarios, líderes políticos e inversionistas hacia la creación, adquisición o fortalecimiento de medios y plataformas digitales, ya no solo como canales de comunicación, sino como herramientas estratégicas para construir influencia e incidir en la opinión pública.
Ese diagnóstico también somete a escrutinio el auge de los creadores de contenido como nuevos actores de peso en la agenda informativa. En un contexto donde la política corre el riesgo de confundirse con espectáculo y popularidad algorítmica, la investigación subraya los desafíos para preservar credibilidad, independencia editorial y rigor informativo, una discusión que toca de lleno a la sociedad civil ante el avance de modelos donde la viralidad puede imponerse sobre la preparación, la transparencia y la rendición de cuentas.
La advertencia final del trabajo no es tecnológica, sino democrática: si el poder de comunicar cambia de manos sin controles suficientes, el costo social recae sobre una ciudadanía más expuesta a narrativas interesadas y a una conversación pública menos exigente con quienes aspiran a influir desde medios, plataformas o estructuras políticas.
