La crisis francesa reciente ha servido a comentaristas y “canalistas” locales para reavivar el discurso de la “invasión haitiana”, pero el propio curso de los hechos desmonta ese atajo. Si las protestas que comenzaron en los liceos parisinos en septiembre hubieran sido promovidas por inmigrantes, el primero en denunciarlo habría sido el presidente de la República Francesa. Sin embargo, en la alocución televisiva de Emmanuel Macron del domingo 18 no hubo mención a la inmigración, a los musulmanes ni a ningún otro grupo étnico.
El mensaje del presidente se centró en llamar al diálogo y condenar la violencia. También reconoció las inquietudes estudiantiles y anunció medidas que el movimiento juzgó insuficientes. Ahí se marca el contraste que destaca el artículo: mientras el discurso oficial subraya los efectos, deja de lado las causas de fondo del conflicto. Esa omisión, sostiene el autor, termina coincidiendo por otra vía con la lectura de los sectores xenófobos, que también esquivan el deterioro de las condiciones de vida detrás de la protesta.
La nota dibuja, además, un panorama de alerta social e institucional más amplio. Las movilizaciones estudiantiles hallaron apoyo en sectores marginados que comparten esas mismas condiciones de vida deterioradas, y por eso se sumaron obreros, sindicalistas, docentes y pensionados. Más que un problema migratorio, el episodio francés aparece como una advertencia sobre el desgaste de la gestión cuando el costo de la vida se vuelve una preocupación permanente y el poder responde sin explicar a fondo el origen del malestar.
