En el cierre de la campaña de mitad de mandato, Donald Trump hizo una admisión poco habitual para un presidente en funciones: aceptó que los republicanos parten con una desventaja histórica en estos comicios. Desde Washington, trató de compensar ese escenario con un mensaje cargado de advertencias sobre el futuro de Estados Unidos, reproches a los demócratas y un llamamiento a sus seguidores para que acudieran a votar.
El mandatario describió a los candidatos demócratas como los más «extremistas y peligrosos» de la historia del país y les atribuyó propuestas como fronteras abiertas, subidas de impuestos, confiscación de armas y el fin de la producción de petróleo y gas natural. También relacionó a algunos aspirantes con el yihadismo y la Hermandad Musulmana, aunque no ofreció pruebas durante su intervención, en un pasaje que volvió a poner en contraste la retórica electoral con la exigencia de verificación pública.
La mayor parte del acto, celebrado en el estanque reflectante del Monumento a Lincoln, giró además en torno a las reparaciones del lugar y a las transformaciones ordenadas en la capital. Trump defendió su gestión económica y afirmó que los ingresos personales habían alcanzado niveles históricos mientras la pobreza se encontraba en mínimos, pero el cierre dejó como telón de fondo una campaña marcada por el desgaste, la necesidad de movilización de última hora y el uso del escenario institucional para proyectar resultados en una contienda adversa.
