Keiko Fujimori volverá a disputar por cuarta vez una segunda vuelta presidencial en Perú, esta vez en un escenario atravesado por el desgaste institucional y la desconfianza acumulada después de sucesivos reemplazos presidenciales. En las elecciones generales del 12 de abril, la líder de Fuerza Popular logró el 17% de los votos, cinco puntos por encima de Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú, y tratará de imponerse en la votación del 7 de junio.
La clave no está solo en su avance electoral, sino en el entorno que lo vuelve posible: las tensiones entre el Ejecutivo y el Legislativo han terminado en destituciones, votos de censura y renuncias, mientras los escándalos de corrupción presidencial y la debilidad institucional de los partidos han sostenido un ciclo de inestabilidad en un Congreso muy fragmentado. En ese marco, la experiencia que se le atribuye a Keiko también queda sometida a una exigencia mayor de fiscalización y rendición de cuentas.
Además, la campaña se desarrolla bajo el peso de una figura política profundamente polarizante. Aunque esta vez compite sin la sombra directa de Alberto Fujimori, a quien el texto describe como “sepulturero de la democracia peruana”, el debate de fondo sigue siendo si el país encontrará una estabilidad real o apenas otra salida transitoria en medio de una crisis que ya ha tenido costo institucional y político para los peruanos.
