La posible reapertura de Cuba como mercado para el arroz estadounidense vuelve al centro del debate en un momento en que los productores del sur de EEUU enfrentan exportaciones asiáticas subvencionadas, fertilizantes con precios altísimos y una caída prevista en la superficie sembrada de arroz de grano largo hasta 1.65 millones de acres, su nivel más bajo desde 1983. Para el sector, recuperar aunque sea parte de la demanda cubana representaría un respiro para una industria que describe como «diezmada».
El contraste es que esa oportunidad sigue atada a una estrategia de presión política que mantiene el mercado fuera de alcance. Antes de la revolución comunista de 1959, Cuba era el mayor mercado estadounidense para el arroz de grano largo, y ahora los productores esperan que la presión del presidente Donald Trump lo vuelva a abrir. Jeff Rutledge, agricultor de arroz de sexta generación de Arkansas, sostuvo que cubrir siquiera la mitad de las necesidades de Cuba sería «un gran impulso para la industria arrocera de EEUU».
Pero el posible beneficio comercial convive con el deterioro de la vida cotidiana en la isla. El propio texto sitúa ese escenario en una Cuba afectada por apagones cada vez más prolongados, escasez de alimentos y precios en constante aumento, mientras Washington ha impuesto un bloqueo energético casi total como parte de su campaña para forzar un cambio de régimen. Así, la discusión sobre el mercado cubano no solo expone la falta de resultados inmediatos para los agricultores estadounidenses, sino también el costo social de una política cuyo impacto recae sobre la población.
