En la decimotercera graduación del centro educativo básico de la Fundación Tzu Chi en Villa Hermosa, La Romana, 65 estudiantes fueron certificados en una ceremonia atravesada por mensajes sobre empatía, reciclaje y comunidad. Sin embargo, más allá del tono festivo, los relatos de alumnos y docentes mostraron una realidad más amplia: el peso que conservan las ayudas externas para cubrir necesidades escolares e incluso sanitarias.
María Esther, directora saliente del centro, marcó esa diferencia al señalar que, “a diferencia de otras escuelas públicas”, en ese plantel la fundación entrega útiles escolares elaborados con material reciclado, libros, cuadernos, actividades de verano y Navidad, además de respaldo “incluso en temas de salud”. Su comentario, más que un reconocimiento institucional, dejó ver el contraste entre el discurso educativo y las carencias que todavía obligan a muchas familias a depender de apoyos comunitarios para sostener procesos básicos.
Los testimonios estudiantiles reforzaron ese panorama. Una alumna de 16 años contó que aprendió empatía, reciclaje y cuidado del medio ambiente con las enseñanzas de Tzu Chi, mientras Darianna, de 13, agradeció las ayudas recibidas y dijo que una prima suya fue asistida por un problema médico. Al cierre, Valeria Luis pidió conservar la unidad y los valores aprendidos en las aulas. La ceremonia celebró logros concretos, pero también dejó una advertencia institucional: cuando una graduación termina destacando asistencia escolar y sanitaria como algo excepcional, la atención deja de estar solo en el acto y pasa a lo que sigue faltando fuera de él.
