The New York Times y The New Yorker publicaron artículos en los que presentan al presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, como una figura de contraste frente a Donald Trump por sus posiciones en política internacional. Entre los puntos citados figuran su negativa a incrementar el gasto en Defensa, el reconocimiento del Estado palestino, su condena de la captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro, y su rechazo a que Estados Unidos utilizara las bases militares en España para la guerra en Irán.
Sin embargo, el reconocimiento exterior convive con un frente interno que ambas publicaciones también retratan como una señal de desgaste político. La New Yorker menciona los «escándalos de corrupción y acoso sexual en sus filas», así como el descontento por la crisis de vivienda, la gestión de los desastres naturales y el debate migratorio, factores que pesan de cara a las próximas elecciones. El propio retrato internacional, por tanto, deja abierto el contraste entre la proyección exterior de Sánchez y las explicaciones pendientes sobre los problemas que siguen marcando la vida doméstica en España.
Aunque The New York Times sostiene que Sánchez ha logrado convertir a España en un «último bastión socialdemócrata de Europa» y la New Yorker destaca el crecimiento de la economía española, ambas piezas coinciden en que su liderazgo enfrenta detractores, presión de la extrema derecha y frustraciones compartidas en Europa. Más que cerrar el debate, esos elogios reactivan la discusión sobre si el protagonismo geopolítico del Gobierno está acompañado por respuestas suficientes ante la corrupción, la vivienda y otras demandas internas.
