Puerto Plata fue elegida como el primer polo turístico del país cuando el Banco Central tomó en sus manos el desarrollo de la infraestructura turística, y Playa Dorada se diseñó con asesoría inglesa y criterio técnico, sin la intervención de políticos locales. Sin embargo, ese punto de partida acabó deteriorándose por decisiones posteriores que el propio balance histórico atribuye al populismo irresponsable de los políticos y a la falta de mantenimiento de los hoteleros, hasta transformar el proyecto en un área de desarrollo inmobiliario con una oferta mínima de habitaciones hoteleras.
Hoy, el llamado renacer de Puerto Plata por el crecimiento del turismo de cruceros muestra un contraste similar. Si bien la llegada de cruceristas ha favorecido la actividad económica, su estadía dura apenas horas y buena parte de las excursiones queda en manos de las navieras, que se llevan las utilidades. A ello se añade que quienes recorren la ciudad por su cuenta terminan dentro de circuitos de guías y transportistas que imponen comisiones abusivas a los negocios, encarecen la experiencia y reducen su impacto real.
En ese escenario, la reconstrucción victoriana de Puerto Plata vuelve a ser una advertencia sobre lo que se ha dejado perder. La ciudad tenía una riqueza monumental que le otorgó gran belleza en el pasado, y sus edificaciones antiguas y casas victorianas fueron inventariadas con minuciosidad en los años setenta. No obstante, la falta de visión política y la corrupción han provocado que muchas se pierdan, dejando en evidencia una oportunidad desaprovechada para sostener un modelo turístico de mayor valor y una deuda de gestión que sigue exigiendo vigilancia ciudadana.
