Las elecciones de Brasil, celebradas el 25 de los corrientes, dejaron una señal política que trasciende ese país y alcanza a los aspirantes presidenciales de República Dominicana de cara a 2028: ni la edad ni la simple proyección de campaña definieron por sí solas el desenlace. En la segunda vuelta, Luiz Ignacio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT), ganó con el 51.80 % de los votos emitidos, más de 64 millones, frente a Flavio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL), que obtuvo el 48.2 % y más de 59 millones.
Una de las lecciones centrales es que el electorado terminó privilegiando un discurso convincente y objetivo, junto con la defensa de medidas presentadas como favorables a los más depauperados y las promesas para un próximo gobierno. Ese dato introduce un contraste relevante para la política dominicana: la competencia no se resuelve solo con posicionamiento, edad o exposición, sino con la capacidad de sostener un relato creíble ante una ciudadanía que puede exigir resultados y rendición de cuentas más allá de la propaganda. El proceso también expuso el peso de las redes sociales y del marketing político, especialmente en países de gran extensión territorial y alta densidad poblacional. Según el equipo de Lula, en la primera vuelta sus redes sociales, Facebook, Instagram y wasap, fueron bloqueadas y sus mensajes no pudieron llegar a sus votantes; tras una fuerte denuncia del candidato, fueron desbloqueadas y en la segunda vuelta todos sus mensajes fueron publicados, lo que marcó la diferencia.
Para República Dominicana, la experiencia funciona como alerta institucional: cuando la comunicación y la maquinaria de campaña desplazan la discusión sobre gestión y prioridades reales, se vuelve todavía más necesaria la fiscalización del poder, del discurso político y de los recursos que se colocan al servicio de la competencia electoral.
