Moscú celebró este 9 de mayo la victoria sobre la Alemania nazi con una puesta en escena más sobria de lo habitual: sin tanques ni equipo pesado en la Plaza Roja y bajo un inédito alto el fuego. Vladímir Putin presidió el acto y volvió a vincular el sacrificio soviético de 1945 con la actual «operación militar especial», empleando la memoria de la Gran Guerra Patria como respaldo político y moral para sus tropas.
La ausencia de armamento pesado y de las escuelas de cadetes dejó también al descubierto un dato central de la jornada: la guerra condiciona igualmente la exhibición de poder dentro de Rusia. Según el propio contexto descrito en el acto, la decisión respondió a razones de seguridad, en medio de recientes ataques con drones en las inmediaciones del Kremlin y en puntos estratégicos de los Urales. Aunque se mantuvo el espectáculo aéreo, el vacío en tierra subrayó que los recursos y la atención están concentrados lejos de Moscú.
La celebración coincidió además con una tregua frágil de 72 horas, vigente hasta el 11 de mayo, y con un intercambio de 1.000 prisioneros por bando, auspiciado por la mediación del presidente estadounidense, Donald Trump. En ese marco, el desfile funcionó menos como una demostración de normalidad que como una señal de desgaste y de necesidad de sostener la narrativa oficial en medio de un conflicto que sigue imponiendo costos, riesgos y restricciones visibles.
