El discurso de Luis Abinader ante el Comité Nacional del Partido Revolucionario Moderno (PRM) dejó una señal política nítida: el mandatario empieza a asumir un rol de árbitro en la renovación interna y en la definición de candidaturas para las elecciones de 2028, al tiempo que liga la sustentación de su obra de gobierno a la maquinaria partidaria. El movimiento supone un giro en la estrategia del oficialismo, porque coloca el peso de la gestión sobre la estructura del partido y no sobre respaldos externos.
Ese cambio también deja ver una distancia con la línea que el propio Abinader defendió al comenzar su mandato, cuando se quejó públicamente de las presiones internas por empleos y beneficios y advirtió en septiembre de 2020 que el Gobierno no era “un botín político”. Hoy, en contraste, reivindica al partido como sostén del poder al asegurar que “detrás de este gobierno hay un partido que cree, que acompaña, que defiende y que sostiene el cambio”.
La nueva apuesta del presidente coincide, además, con un escenario de mayor desgaste del PRM en el poder, propio de los segundos periodos de gobierno. En ese marco, su llamado a reforzar la comunicación entre la gestión pública y la estructura partidaria vuelve a poner el foco en la relación entre partido y Estado, justo cuando el oficialismo entra en una fase de reorganización interna y de disputa por el control de su futuro electoral.
