La deserción escolar continúa siendo una alerta social que no puede leerse solo como una mejora en las cifras. Aunque datos citados por el IDEICE a partir del Anuario de Indicadores Educativos del MINERD señalan que la tasa nacional de abandono escolar bajó de 4.5% en 2023-2024, con más de 117 mil estudiantes, a 3.5% en 2024-2025, con más de 91 mil, la magnitud del problema todavía mantiene fuera del aula a demasiados niños y adolescentes.
El diagnóstico incluido en el texto también apunta a causas estructurales que persisten en los barrios: pobreza, trabajo infantil, embarazo adolescente, sobreedad y condiciones familiares. UNICEF advierte que tanto el trabajo infantil como el embarazo adolescente influyen en la no asistencia escolar, mientras el abandono deja a los estudiantes sin protección, sin rutina y expuestos a la exclusión y a redes delictivas.
Desde esa realidad, la deserción se presenta no solo como un asunto educativo, sino como una señal de que las respuestas públicas siguen siendo insuficientes frente a un costo social creciente. Los casos descritos en comunidades de la capital —familias que no logran cubrir transporte, útiles o comida, adolescentes que dejan el uniforme por el motoconcho informal, la calle o “mandados” sin control— refuerzan la necesidad de más vigilancia, seguimiento y rendición de cuentas sobre cómo se está afrontando una emergencia que todavía golpea a miles de jóvenes.
