Este 10 de mayo se cumplen 28 años de la muerte de José Francisco Peña Gómez, ocurrida en 1998 en su casa de Cambita Garabitos, San Cristóbal, seis días antes de las elecciones municipales en las que aspiraba a la sindicatura del Distrito Nacional. A casi tres décadas de su partida, su figura regresa al centro del debate público no solo por su carisma, sino por el legado de vigilancia democrática que dejó en la política dominicana.
Nacido el 6 de marzo de 1937 en El Flaco, Cruce de Guayacanes, provincia Valverde, Peña Gómez llegó al mundo en medio de la pobreza y la violencia de la era trujillista. Hijo biológico de Vicente Oguís y María Marcelino, inmigrantes haitianos que huyeron durante la masacre de 1937, fue adoptado por Regino Peña y Fermina Gómez. Su ascenso desde ese origen hasta convertirse en maestro, locutor, abogado y dirigente político también expone una realidad social que marcó su discurso y su conexión con los sectores populares.
Luego de asumir la conducción del Partido Revolucionario Dominicano en 1973, Peña Gómez consolidó una de las principales fuerzas políticas del país, fue alcalde de Santo Domingo entre 1982 y 1986 y candidato presidencial en 1990, 1994 y 1996. En 1994 denunció un fraude electoral masivo que derivó en los Acuerdos de Santiago, recortó el mandato de Joaquín Balaguer y abrió paso a una reforma constitucional. Ese episodio, recordado junto a su trayectoria, mantiene vigente una advertencia institucional: la democracia dominicana ha dependido también de la presión política y ciudadana para exigir controles, correcciones y rendición de cuentas frente al poder.
