La llegada de los robotaxis y de otros vehículos sin conductor ya es una realidad en ciudades de China, EEUU y Europa, aunque su implantación no garantiza por sí sola una mejora de la vida urbana. El debate arranca de una advertencia ya conocida: hace cerca de un siglo, muchas ciudades se reorganizaron para favorecer a los automóviles por encima de las personas, una decisión que acabó degradando el uso del espacio urbano.
Esa referencia histórica convierte la nueva ola tecnológica en una prueba de gestión pública más que en una simple innovación. El texto sostiene que la era de los vehículos sin conductor puede resultar brillante o desastrosa según cómo la administren las ciudades. Aunque esta transición lleva años anunciándose y los gobiernos tienen margen para reformular leyes e incorporar nuevos actores, el resultado dependerá de si se actúa de forma proactiva o de si se permite que el mercado imponga otra vez un modelo centrado en más vehículos y no en mejores ciudades.
El escenario favorable descrito consiste en impulsar robotaxis, autobuses autónomos y vehículos de reparto sin conductor, al tiempo que se desalientan los coches autónomos de propiedad privada. Por tanto, la discusión no es tecnológica sino política: si no hay regulación, prioridades claras y rendición de cuentas, la llamada segunda oportunidad para las ciudades puede acabar como otra oportunidad perdida para corregir el peso excesivo del automóvil en la vida urbana.
