Donald Trump llegó este miércoles a Pekín junto a directivos de grandes empresas estadounidenses, en un viaje condicionado por la exigencia de convertir en resultados concretos su promesa de lograr una mayor apertura del mercado chino para los negocios de Estados Unidos. La cumbre con Xi Jinping será la primera bilateral entre ambos desde 2017 y llega con una agenda cargada de intereses empresariales, pero también de diferencias todavía sin resolver.
A su llegada, Trump aseguró que pedirá a Xi que «abra» China para que los empresarios estadounidenses puedan desplegar su talento. Por su parte, el Ministerio de Exteriores chino señaló que Pekín está dispuesto a cooperar con Estados Unidos para ampliar la cooperación y gestionar las diferencias. Con todo, más allá del tono protocolario de la recepción y del programa oficial previsto en el Gran Palacio del Pueblo, la visita vuelve a poner a prueba la capacidad de ambas partes para pasar del discurso a acuerdos verificables.
Entre los asuntos más relevantes está la posible prórroga de la tregua alcanzada en octubre en la guerra de los aranceles. A ello se suman desacuerdos en tierras raras, semiconductores, propiedad intelectual y Taiwán, temas que mantienen bajo vigilancia el alcance real de cualquier entendimiento. La presencia de ejecutivos como Elon Musk, de Tesla, y Jensen Huang, de Nvidia, refuerza el peso económico del viaje, pero también subraya que la presión por resultados no se mide en gestos, sino en avances efectivos sobre una relación que arrastra fricciones de fondo.
